jueves, 20 de febrero de 2025

La estrategia antiamericanista

Pedro Sánchez ha vuelto a demostrar su capacidad para olfatear, adelantarse y presentarse al frente de los estados de opinión pública. Lo ha hecho, de nuevo, con el antiamericanismo redivivo en nuestro país tras la asunción de Donald Trump de la presidencia de los Estados Unidos y sus primeras decisiones que han desatado la repulsa en amplios sectores sociales europeos. En poco tiempo, la gradación del combate dialéctico del presidente del Gobierno se ha incrementado: lo que empezó siendo una crítica a la oligarquía tecnológica, ya es un ataque frontal contra el propio dirigente de los Estados Unidos.


No es que tal antiamericanismo sea algo nuevo en nuestro país. Sus raíces se pueden hallar en 1898 con la guerra que enfrentó a España con Estados Unidos y que supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Aquella contienda suscitó el unánime rechazo de la sociedad española ante la violencia de aquel país emergente que iniciaba su andadura en la política internacional, tan solo matizada por unos incipientes partidos y sindicatos de izquierda que mostraron su rechazo al envío de tropas a aquellos territorios.  Sin embargo, el antiamericanismo no tardaría en extenderse entre esa propia izquierda, algo que al menos hasta la Segunda Guerra Mundial había sido privativo de la derecha, cuyos sectores más fundamentalistas apoyaron a Alemania, enemiga de Estados Unidos en aquella conflagración, enviando incluso al frente ruso la División Azul. No obstante, acabada la guerra, Franco, que también sabía moverse, vio que el viento había cambiado y tuvo la habilidad de posicionarse a favor de los vencedores americanos, logrando el perdón de sus mandatarios que apoyaron a un régimen que dejó de ser totalitario, sin dejar de ser dictatorial. Motivo para que la izquierda abrazara el antiamericanismo, especialmente álgido en el tardofranquismo. Recordemos las campañas contra las bases americanas y, entrando ya en la transición democrática, contra la OTAN, vista como una organización esencialmente instrumentalizada por los Estados Unidos para confirmar su mando sobre Europa.


Ahora, Sánchez asume plenamente los postulados antiamericanistas, lo que le permite reducir aún más el espacio a su izquierda, incapaz de modificar su pacifismo ingenuo que la tragedia de Ucrania hace y hará más evidente. Pero sobre todo, elimina el oxígeno de una derecha que una vez más ha sido cogida a contrapié y que se limita a enviar el débil mensaje de que lo mejor para España sería hacerse pequeñita y no destacar en las críticas al todopoderoso Trump, dando alas a la derecha fundamentalista en su devoción por el presidente de los Estados Unidos. Una estrategia política, la de Sánchez, que no parece buscar una política de Estado, que se limita a sacar réditos electorales, dejando en evidencia a Sumar y Podemos, y dividiendo aún más a la derecha y engordando el caudal de votos para Vox. Nada nuevo, por parte del presidente del Gobierno que lleva haciendo lo mismo desde el inicio de la legislatura, pero que ahora dispone de más munición, rescatando el secular antiamericanismo.