lunes, 10 de julio de 2017

Turquía

Las imágenes de la multitudinaria manifestación celebrada ayer en Estambul invitan al optimismo en Turquía. No todo está perdido ante un régimen populista, cimentado en referendos, con el que el actual presidente del país, Recep Tayyip Erdogan, pretende imponer un estado islamista y que ha llevado a la cárcel a numerosos opositores y periodistas.

Los numerosos congregados ayer en las orillas del Bósforo, ese estrecho que une Europa y Asia, reclamando justicia, permiten constatar que sigue existiendo una Turquía laica y democrática, frente al modelo confesional y plebiscitario del dirigente que quiere convertir a esa república en una satrapía más de Asia.

Los demócratas europeos no solo debemos alentar esa llama, sino atraerla a Europa, donde ese país tiene una de sus dos almas.

viernes, 7 de julio de 2017

España, plurilingüe



El debate territorial español se ha visto condicionado estas semanas pasadas por la propuesta del nuevo PSOE dirigido por Pedro Sánchez de incorporar en la Constitución un reconocimiento de la pluralidad nacional española. 

Personalmente no creo que ese sea el camino que permita a España superar sus contradicciones territoriales. Y no lo creo, porque dejará insastifechos a los defensores de tal término, mientras que a sus detractores les provocaría un visceral rechazo. No suscribo, pues, en la calidad taumatúrgica de tal concepto, salvo que a la par que la Constitución reconociera la diversidad nacional, los estatutos de autonomía catalán, vasco y gallego admitieran la propia plurinacionalidad interna en sus respectivas comunidades. Es decir, se trataría de admitir por todos que la contrucción nacional española es incompleta, como también lo es la vasca, la catalana y la gallega. Pero, la aceptación de tales limitaciones es difícil que deje satisfachos a sus respectivos nacionalismos.

Y ello es debido al carácter emocional de las naciones, difícilmente evaluable. Otra cosas son las lenguas, mucho más objetivables. Uno tiene una lengua materna u otra, pero en ese aspecto las dudas son inexistentes. Mi propuesta es, pues, que la Constitución reconozca, en vez de la plurilnacionalidad, la realidad plurilingüe española, con cuatro idiomas que deberían ser reconocidos en su plena oficialidad: castellano, catalán, gallego y vasco.

Es decir, que cualquier ciudadano pueda exigir, en cualquier lugar de España, que sea respondido por cualquier administración y organismo judidicial en el idioma que él prefiera, entre los cuato mencionados. Ese, y no otro, fue el mayor logro de las reformas de Trudeau padre en Canadá, estableciendo el bilingüísmo oficial entre el francés y el inglés y cimentando la solución del prolema territorial de ese país americano, hasta el punto que algunos expertos consideran que Canadá ha sido el primer estado que ha conseguido dejar atrás el modelo de Estado-nación que desde hace más de un siglo ensangrece el mundo.

Por supuesto, que el reconocimiento de la pluralidad lingüística no supondra la maravillosa panacea resolutiva. Ni en Canadá lo fue, como muestran las tensiones nacionalistas de los quebequeses, derrotados en dos referendos, pero sí ha ayudado a resolver su problema territorial, como aquí ocurriría.

Eso no quiere decir que la propuesta plurilingüe para España no tenga dificultades. La primera, el sentimental rechazo de la inmensa mayoría de los valencianos a aceptar que su lengua es el catalàn. Y otras radican en qué hacemos con lenguas muy minoritarias, como el bable y el aragonés.

Problemas difíciles de superar, pero que no deben desanimar. Una plena igualdad de trato y de apoyo por parte del Estado a las cuatro lenguas mencionadas y su uso en altas instituciones, como el Senado, ayudarán indudablemente a cortar el nudo gordiano que atenaza a España desde su comstrucción como Nación hace dos siglos.

Solucionado éste, ya solo quedaría el problema del reparto fiscal, otra enorme dificultad, pero que es aún más objetivable y por tanto solucionable mediante negociación. Todo aquello que no aleje de los senimientos y nos centre en lo racional, ayudará a la solución.

jueves, 6 de julio de 2017

El enemigo, en casa


El gobierno de España negocia con las autoridades comunitarias europeas el traslado de la Agencia del Medicamento a Barcelona, una vez que su antigua sede, en Londres, tendrá que cerrar, después de que los británicos aprobaran en plebiscito el brexit, con lo que el Reino Unido perderá las ventajas de contar con un millar de empleados adscritos a tal organismo y todos los puestos indirectos de trabajo que acarrean,

Será una de las consecuenias inmediatas de aquel referéndum. España maniobró desde el día siguiente a aquella votación, proponiendo que Barcelona, Cataluña y toda España se beneficien del error cometido por los británicos. A favor de la pretensión española está el hecho del potencial de Barcelona y la circunstancia de ser esta ciudad una de las más conocidas en todo el mundo, debido a su reclamo turístico.

Pero en contra tiene el proceso independentista en el que están embarcados los dirigentes institucionales catalanes . Desde Bruselas se recuerda que en el caso de independizarse Cataluña, la hasta entonces región abandonaría la Unión Europea, por lo que no tendría sentido trasladar un organismo comunitario a un territorio que dejaría la Unión Europea.

De tal manera que el principal enemigo a la posibilidad de que Barcelona sea sede de la Agencia del Medicamento es el gobierno catalán. Tal vez haya llegado el momento no solo de exigir responsabilidades a unos dirigentes por los gastos dilapidados en las consultas celebradas, unos seis millones de euros, y en las previstas, sino también por todas aquellas inversiones frustradas por el proceso soberanista.

miércoles, 5 de julio de 2017

La frontera de Binéfar



Al poco de entrar en la provincia de Lleida, el paisaje predominante de bosque mediterráneo, con sus pinos omnipresentes, desaparece. A diferencia de Barcelona y Girona, el arbolado del territorio catalán más continental es el matorral mesetario y los árboles frutales, así como abundantes cultivos, desapareciendo eso sí la profusión de vides de las provincias costeras.

Viniendo del litoral, Lleida se presenta así como una transición, confundiéndose con las provincias aragonesas. Yendo po la carretera que une la última capital catalana con Huesca, hay un momento, cerca de Binéfar, que sin cambio alguno orográfico, aparece la señal de entrada en la Comunidad de Aragón.

A un lado y otro de la misma, abundan las explotaciones agrarias y las casas de campo ligadas a ello. Sus habitantes son gentes que generación tras generación han convivido sin mayores problemas, que los ligados a la común existencia humana.

Ahí es donde los independentistas catalanes quieren establecer, en 2017, una frontera, una nueva en la vieja Europa. Y lo quieren hacer mediante un referéndum sin garantías, sin un mínimo número de votantes. De tal manera que con un solo participante de tal plebiscito, este estaría legitimado en el caso de que votara sí a la secesión.

Me viene a la memoria, el voto irreflexivo del DUP norilandés al brexit. Los unionistas británicos, mayoritarios en el Ulster, han mantenido durante siglos su dominio en Irlanda del Norte gracias a su mayoría poblacional sobre los irlandeses, incluso durante las terribles décadas de la violencia terrorista. Pero desde los acuerdos de paz del Viernes Santo, los protestantes aprendieron las ventajas de la inexistencia de una frontera que separara a las dos irlandas, disfrutando de su eliminación práctica.

Tras votar el brexit, repararon en el contrasentido que implicaría que la Unión Europea quisiera restablecer tal frontera, alegando que no puede dejar tal agujero de miles de kilómetros. Entonces, negociaron con la primera ministra británica, Theresa May, para aplicar en este caso un brexit blando, decisión que en cualquier caso compete también a Bruselas y a Dublín, la capital de la República de Irlanda. La decisión final será pues objeto de duras negociaciones y en cualquier caso supondrá una regresión para los habitantes de las dos irlandas.

Todo ello me vino a la memoria, mientras atravesaba en coche el límite entre Lleida y Huesca, y observaba con conmiseración a los habitantes de aquellos parajes, amenazados por una nueva distopía pergeñada desde los despachos en tremendas ensoñaciones, que en realidad amenazan con convertirse en pesadillas.

martes, 4 de julio de 2017

Manresa

Manresa es el prototipo de núcleo urbano medio de Cataluña. Una pequeña ciudad de provincias ensimismada en si misma, con apenas 75.000 habitantes.

Manresa es la capital de la comarca del Bages, una zona con una presencia relevante carlista durante el siglo XIX y hoy en día nacionalista. Tiene por tanto una larga tradición de formas de vida apegadas a la costumbre, de usos tradicionales que desdeñan todo lo foráneo, mientras desde sus calles se contempla la omnipresente montaña de Montserrat.

De hecho apenas cuenta con hoteles, lo que hace difícil la presencia de turistas, que puedan perturbar su ansiada calma en la que el tiempo parece haberse detenido. Esa es la impresión que uno tiene cuando recorre sus calles. 

Su barrio medieval, el origen del núcleo urbano, tiene callejuelas de interés, pero aún más lo muestra el ensanche burgués, lo que demuestra que el dominio carlista tan poco fue tan exclusivo. Pasear por ese barrio liberal es todo un placer, como hicimos mi esposa y yo, admirando los edificios modernistas, como el del casino. O uno más neoclásico, antiguo teatro, donde hoy existe un espacio gastronómico, donde uno puede degustar los productos de la zona con una elaborada preparación.

Hablamos con aquellos hosteleros, en los que adivinamos una tristeza inagotable por vivir en un lugar tan cerrado al mundo. Lo que ganarían ellos y lo que disfrutarían tantos, que como nosotros, acudimos a Manresa. Tan solo pudimos expresar nuestra esperanza de que algún día caigan las fronteras mentales antes de que desgraciadamente antecedan a las políticas.

Montserrat

Montserrat es la montaña mágica que el nacionalismo catalán reivindica como uno de sus más potentes símbolos. Una montaña que se presta a interpretaciones sobrenaturales debido a su particular orografía, a su contorno en forma de dientes de sierra y a las abundantes agujas y quebradas que conforman su perfil recortado por el cielo. Todo ello ha convertido a Montserrat en materia de mito humano, constatándose  la presencia de santuarios desde muy antiguo.

De todos ellos, el más célebre es la abadía benedictina, que custodia la imagen de la Moreneta, la célebre imagen de la Virgen. Además de las labores religiosas, sus monjes se han destacado en las últimas cuatro décadas por apoyar el catalanismo. Ya desde el tardofranquismo fue así y solo cabe recordar las ascensiones a la montaña de personas, como Pujol, que luego ocuparían cargos relevantes en la democracia.  

Sin embargo, una visita a la basílica desmitifica la visión apropiadora del nacionalismo, por mucho monje que la pueda impulsar. Desde el simple hecho de admisión de la diversidad que revela el que en una vitrina principal convivan la senyera -sin estrella alguna- y la rojigualda, hasta la relevancia que se otorga a personajes históricos, como el emperador Carlos o a san Ignacio de Loyola, quien se inspiró en sus célebres ejercicios espirituales contemplando la montaña, desmienten un universo mental limitado al nacionalismo.

Y no es de extrañar, porque la abadía y no digamos la propia montaña es anterior a la existencia del nacionalismo. Tal verdad de perogrullo conviene decir en estos tiempos. De hecho, la Virgen de Montserrat es patrona de Cataluña desde tan solo 1881. ¿Y eso por qué?, cabría preguntarse a una mente despierta y desprovista de estereotipos. Pues, porque antes de esa fecha no era relevante para los humanos de los alrededores tener como necesidad la existencia de una patrona de Cataluña. Aquellos seres humanos aún no habían convertido Cataluña en una categoría identitaria y mucho menos nacional.

Eran creyentes, cristianos. Y Montserrat, era aún la montaña mágica del Tradicionalismo, del Carlismo, de aquellos que anteponían su fe religiosa a cualquier otra consideración, también por supuesto la identitaria. Y una visita a la basílica permite comprender esa dimensión tradicional, más que la posterior nacionalista, de Montserrat.

Y esto también conviene explicitarlo, porque ya se sabe el poder del nacionalismo de apropiarse de todo. También de Cataluña.

sábado, 1 de julio de 2017

Habaneras de Palafrugell



Este fin de semana se celebra en Calella de Palafrugell un festival de habaneras de los más renombrados. Durante estos días, en un escenario levantado en la playa y con un bello fondo marítimo, esas canciones con fuerte sabor americano se cantan en la localidad de la Costa Brava, con un éxito indudable de público, que las tararea con plena devoción.

Por supuesto, que muchas de ellas son cantadas, obviamente, en castellano. A travës de sus sones se revela una conexión cultural con lo hispanoamericano, que refleja la importancia que en los siglos XIX y XX tuvo el comercio catalán con el continente americano y en concreto con la última joya del imperio español, con Cuba. La figura del indiano, del emigrante vuelto a España tras enriquecerse en América, también está presente en muchos de estos pueblos de la Costa Brava catalana, lo que evidencian las bellas casas levantadas, mostrando una vez más un pasado de intensas relaciones y de conformación española.

El festival de habaneras de Calella de Palafrugell es una demostración de ello, que algunos quieren negar, pero al que los gustos de la verdadera sociedad civil se niega a olvidar.

Dicen, con razón, que es de pueblos inteligentes no olvidar su pasado. Y mucho menos renegar de él. También de sus idiomas, partiendo de la premisa de que el bilingüismo es riqueza.  ¿Por qué un catalán no puede sentirse integrado en una comunidad cuyo vehículo comunicativo puede ser ese castellano con el que disfruta cantando sus habaneras, como hicieron antes que él sus antecesores, independientemente de que entienda la lengua catalana como su instrumento principal identitario?

Las identidades múltiples no solo son más completas. También menos castrantes y mucho menos totalitarias. Ese es el futuro del mundo. Como ponen de relieve las miles de gargantas que este fin de semana disfrutan en Calella de la diversidad. Bendita sea.