De repente, políticos, periodistas, empresarios y resto de la élite dirigente del país se ha caído del guindo y ha constatado sencillamente que Pedro Sánchez, un dirigente que ha hecho de la resistencia su divisa, está desnudo; parafraseando al cuento de Andersen.
Es sorprendente y decepcionante que la clase dirigente de nuestra sociedad haya tenido que esperar a la implosión del caso Santos Cerdán para admitir una evidencia: Pedro Sánchez no está a la altura de encabezar el gobierno de España. Es cierto que a parte de esa élite, incluidos muchos periodistas, les ha podido la ideología que a modo de cegadoras anteojeras oscureció su raciocinio. Pero, también los ha habido entre aquellos donde no predomina la ideología e incluso entre aquellos que llevan años engordando el antisanchismo y que ahora, de repente, constatan que la capacidad de liderazgo del presidente es infinitamente más débil de la creída, que, en suma, no es un aceptable gestor de personas y equipos.
Porque al final esto sí va de personas, pese a que el propio Sánchez hiciera pivotar su argumentación negándolo en un vano intento de crear un cortafuegos con su sonada intervención ante la prensa en la sede del Partido Socialista. Va de un dirigente que ha sido incapaz de liderar una estructura ajena a la corrupción, no solo una vez sino en dos ocasiones. Incluso, de creer su palabra, el todopoderoso Pedro Sánchez, todavía desconocía en la misma mañana en que se hizo público el informe de la Guardia Civil, la devastación que se le venía encima.
A él, pero sobre todo a un Partido Socialista cuyo hundimiento será aún mayor cuanto más prolongue la agonía Pedro Sánchez. Y eso ya, efectivamente, es más relevante que las personas, porque la restauración democrática ocurrida hace cuarenta años ha estado basada permanentemente en la alternancia en el poder de dos partidos, representantes de las dos ideologías predominantes en nuestro país, y que ambas llevan casi ya un siglo demostrando en Europa que su alternancia es la única manera de conducir los asuntos públicos en un marco democrático y de derecho.
Dejar enormemente mermada una de esas patas, es el mayor crimen que puede cometer una persona, porque esto sí va de personas. De una que está desnuda.
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