jueves, 14 de diciembre de 2017

El PSOE y la Historia

En el PSOE no saben leer la Historia. Si supiesen no intentarían arañar votos, repitiendo un error. Me refiero al anuncio hecho por el candidato socialista de indultar a Puigdemont y los demás encausados en el proceso soberanista catalán si finalmente son condenados.

De entrada, tal posibilidad debería plantearse cuando ello ocurra. De momento no hay ningún condenado por esos hechos, tan solo investigados. Tal hecho debería tenerse en cuenta, pero aún así el hecho de plantearlo evidencia una lectura histórica poco detallada.

El precedente existente es el de Luís Companys, condenado por el Tribunal de Garantías Constitucionales de la Segunda República a treinta años de cárcel por rebelión. Aquel régimen democrático, además, suspendió la autonomía de Cataluña. Todo ello en el año 1934, que seguramente recordarán por la oleada revolucionaria que se vivió en múltiples lugares de España y que dejó un funesto reguero de víctimas.

En el año 1936, ganó las elecciones la izquierda del Frente Popular, que se apresuró a restaurar la autonomía catalana e indultar a Companys. Los votos tenían la capacidad de revertir las decisiones de la Justicia. Saltarse la ley no implicaba necesariamente un castigo. 

Cinco meses después estábamos pegándonos tiros.  

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Noticia del pasado

Ayer, cuando me enteré de la noticia de un falangista muerto tras una pelea con un extremista de izquierdas que ya había cumplido condena por lesionar a un guardia urbano de Barcelona, por un momento, pensé que estábamos en las primeras décadas del siglo XX, violentos años que presenciaron la Primera Guerra Mundial y alumbraron la tremenda carnicería de la Segunda. Sí, cuando las calles de las ciudades eran el lugar elegido por las ideologías para imponer sus postulados a través de sus respectivas fuerzas de choque: los camisas negras, azules o rojas, haciéndose dueños del espacio público.

Pero, no. Se trataba de hoy en día. Así vamos.

martes, 12 de diciembre de 2017

El fracaso de la Ilustración

El caso de Jordi Borrell es un claro ejemplo. Director del Instituto de Nanociencia y Nanotecnología de la Universidad de Barcelona, profesor titular en esa prestigiosa universidad de Fisicoquímica y doctor en Farmacia. Su currículum evidencia que se trata de una persona ilustrada. Aún así, ha sido capaz de atacar a Miguel Iceta por su condición de homosexual. En concreto, ha aireado los esfínteres dilatados del candidato socialista a la presidencia de la Generalitat.

A tenor de ello, es sensato sostener que Jordi Borrell, una autoridad intelectual en el campo del estudio de los materiales de pequeñas dimensiones, se ha dejado llevar por el sentimiento nacionalista, nublándole el raciocinio.

La cuestión es que tal caso no es tan extraordinario. Se trata de gente sabia en conocimientos que se dejan llevar por las emociones, hasta el punto de despreciar a otros seres humanos por su diferente condición. Llevado al extremo, acordémonos de Bertolt Brecht, ocurrió con los nazis. ¿Cuántos eruditos, melómanos y sabios abrazaron el nazismo y vitorearon aquel Régimen, mientras millones de personas eran enviadas a las cámaras de gas?

Se trata sin duda del fracaso de la Ilustración, el mayor logro de la Humanidad, que descansaba sobre la premisa de que un hombre culto sería un mejor hombre, que a través de la educación redimiríamos al ser humano. Tremenda desilusión.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La Declaración Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, votado por más de 63 millones de personas, ha vuelto a reventar los difíciles equilibrios mundiales con su decisión de reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel. Los motivos para ello, son variados. Además de los intereses económicos, extremo inseparable de la política para el equipo Trump, destacan también los geo-estratégicos, que inciden en potenciar a Israel como líder regional frente a Irán. Tras la de Obama, la nueva administración norteamericana ha vuelto a convertir a Teherán en el enemigo a batir, con gran contento de una Arabia Saudí, que se apresta a colaborar con Israel en tamaña tarea. La Guerra Civil que sacude Oriente Próximo entre sunnies y chiles, es el telón de fondo de esta despiadada partida de ajedrez que suma ya centenares de miles de víctimas.

Tampoco conviene olvidar las razones internas en la decisión de Trump. Sobre todo aquellas derivadas de los grupos protestantes evangélicos norteamericanos, convencidos de que la segunda venida de Jesucristo a la tierra ha de ser precedida de la reinstauración del reino judío con capital en Jerusalén. Muchos de esos creyentes votaron a Trump en las elecciones que le convirtieron en presidente de la todavía primera potencia mundial.    

Todo ello ha llevado a lo que podríamos denominar como la Declaración Trump, estableciendo un paralelismo con la famosa Declaración Balfour de hace un siglo. Entonces, el Reino Unido ocupaba un lugar predominante en el mundo, como hoy lo hace Estados Unidos, que empezaba a ser muy discutida por otras potencias emergentes. Arthur Balfour era el responsable de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña que apoyó la creación de un hogar nacional judío en lo que los británicos denominaban Palestina y que aún pertenecía al Imperio Otomano. Precisamente, en ella subsistía el ansia y la rapiña de Occidente por acabar con ese Estado que había garantizado la estabilidad de Oriente Próximo durante siglos. Pero, los deseos indisimulados del Reino Unido y de Francia de repartirse aquel imperio venido a menos, alentaron causas como la judía y la árabe.

Lo relevante de la Declaración Balfour incidía en que era fruto de una época, marcada por los nacionalismos. Los imperios, motejado de jaulas de pueblos, debían ser extinguidos para que fueran reconocidas las naciones, hecho que traería la paz al mundo y cuya expresión sería la Sociedad de Naciones, uno de los mayores fracasos de la Humanidad. Así como ese mundo de naciones, formado por la aplicación del derecho de autodeterminación.

Balfour entendía el mundo al modo romántico. Todo ser humano formaba parte de un determinado pueblo y solo cabía construir estados basados en ellos. Por ello no era descabellado plantear uno en la antigua tierra del pueblo judío, aunque ahora estuviera habitada por árabes. Eso sí, la solución estaba basada en el proyecto de creación de dos estados, uno judío y otro árabe. Uno al lado del otro, pero no mezclados. Fruto de ese planteamiento, quedaría una Jerusalén no adscrita a ninguno de los dos Estados, incluso con un estatuto de ciudad internacional.

La declaración Trump supone acabar de raíz con el planteamiento iniciado por Balfour. Ahora solo queda un Estado, el judío, con capital en Jerusalén. El problema son los millones de palestinos que se quedan sin Estado.

Edward Said, uno de los intelectuales más renombrados del mundo árabe, siempre criticó la solución de los dos estados, abogando por uno único, democrático, donde la confesión religiosa ocupara un lugar no relevante. Pero, para ello había que presuponer una dimensión racional en el ser humano capaz de ahogar los sentimientos nacionales, algo que el mundo contemporáneo se dedica a desmentir continuamente. Una pena, porque esa es probablemente la única solución: una Jerusalén, capital de un único Estado, democrático, donde sus ciudadanos dejan en casa sus sentimientos, incluidos sus confesiones religiosas. Un avance para la humanidad, sin duda.

martes, 5 de diciembre de 2017

Estulticia suprema

El Reino Unido se encuentra preso de sus propias contradicciones en la negociación con la Unión Europea. La primera ministra estuvo ayer a punto de alcanzar un acuerdo, que fue impedido in extremis por su socio de gobierno, los unionistas norirlandeses. Se trata de un nuevo revés, fruto una vez más de la estulticia.

Theresa May, que disponía de mayoría absoluta optó por unas nuevas elecciones con el objetivo de incrementar aún más su apoyo parlamentario para negociar con mayor posición de fuerza la salida del Reino Unido de la UE. El resultado de tal instrumentalización democrática fue nefasto. La primera ministra perdió la mayoría en la cámara y necesitó de los unionistas del Ulster, los partidarios de mantener Irlanda del Norte bajo la soberanía británica, para poder formar gobierno.

Tras negociarse el monto de dinero que le va a costar el divorcio al Reino Unido, que pendiente de conocerse exactamente superará los 40.000 millones de euros, más de seiscientos euros por cada uno de los británicos, incluidos niños y ancianos, quedaba por cerrar el espinoso asunto de la frontera en la isla de Irlanda. Una frontera, inexistente desde los acuerdos de paz que pusieron fin al terrorismo del IRA, que ahora se convertirá en exterior de la Unión Europea. La República de  Irlanda, cuya posición de fuerza se ha incrementado tras el brexit, se niega a que vuelva a levantarse un límite fronterizo con una parte de la isla irredenta que siempre considerará suya.

El problema intentó resolverlo la primera ministra acordando con la UE que no sería necesaria la frontera, comprometiéndose a coordinar su política sobre el paso de personas y bienes, haciéndola coincidente con la que dicte Bruselas. Pero, los unionistas desconfían, ya que eso supondrá en el futuro una diversificación legislativa entre lo que regirá en Irlanda del Norte y lo que estará vigente en el resto del Estado británico, ensanchando así la brecha entre el Ulster y la isla de Gran Bretaña, anatema para todos aquellos que se niegan a la más mínima diferencia existente entre una y otra parte del Reino Unido.

Ya debe ser triste que el gobierno británico, obligado por un referéndum que dictó la salida británica de la UE en aras de disponer de manos libres a la hora de decidir su futuro, se vea obligado a aceptar la legislación europea para mantener el status quo en Irlanda. Pero todo ello es fruto de otra estulticia. Aquella que llevó al predecesor de Theresa May, David Cameron, a convocar un referéndum para acabar con la contestación interna en su partido, el conservador. De nuevo, una instrumentalización de la democracia que ya pagan los 65 millones de británicos.    

lunes, 4 de diciembre de 2017

Punto de soldadura

El artículo del lehendakari Iñigo Urkullu en El País se inserta de una manera relevante en la reacción fiuerista ante el debate suscitado con la financiación autonómica, a raíz de la crisis catalana, en cuya génesis jugó un papel primordial el malestar económico, sintetizado en el España nos roba, eslogan tan poderoso, como tendencioso.

Lo sufrido en Cataluña en los últimos años ha generado un debate en toda España sobre los ingresos y gastos del  Estado en los diversos territorios que lo componen, complementario con el nivel de descentralización existente. Los excesos en que ha incurrido el nacionalismo catalán han llevado a un rearme del nacionalismo español, poniendo sobre el tapete una centralización, especialmente de determinadas competencias, entre ellas la educativa. Respecto al crucial asunto de la financiación autonómica, vuelven a aflorar planteamientos, como los aportados por Ciudadanos, la formación política con más proyección futura,  que inciden en el espejismo igualitario como solución al defectuoso sistema actual, que indudablemente lastra las posibilidades de éxito de España. 

Uno de los fallos radica en que en las comunidades de régimen común, una administración recauda, la central, mientras que otra, la autonómica, gasta la mayor parte de esos recursos. De tal manera que el ciudadano tiene dificultades para calibrar las responsabilidades de sus gestores. Eso no ocurre en las dos comunidades ajenas al sistema general;: País Vasco y Navarra, donde las diputaciones de las cuatro provincias son las competentes a la hora de cobrar los impuestos a los ciudadanos residentes en su respectivo territorio.

Eso es debido a las pervivencias foralistas, concretadas en el Convenio Económico y el Concierto Económico. El primero, en Navarra, y el segundo, en las tres provincias vascas. Tales instrumentos económicos fueron creados a la par de la construcción nacional española. El navarro a partir de la ley de 1841, que reguló las relaciones de Navarra y el Estado, convirtiéndose en provincia el viejo reino e integrándose así en el Estado-nación español. Y los vascos desde la ley de 1876 que estipuló la obligación contributiva de los vascongados al erario estatal. Es decir, antes de esas fechas, ni vascongados, ni navarros aportaban fondos a España, aunque sí lo hacían a sus reyes respectivos, los castellanos en el caso vasco y a los monarcas propios en el caso del viejo reino, que desde los Reyes Católicos coincidieron.

Esa fue la situación que se encontró la nación española, cuando se constituyó a partir de 1808. Pero aquel Estado liberal, tampoco aspiró claramente a una homogeneización, aunque fue impulsando progresivamente una construcción estatal globalizadora. Además, hay que tener ene cuenta que el pago de impuestos fue una realidad ajena a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Durante todo el siglo XIX y gran parte del siguiente, el XX, la población afectada por la contribución de impuestos directos fue mínima en toda España, quedando reducida a las rentas más altas. Situación que cambió a partir de la Transición Democrática, cuando se generalizó el pago de todos los ciudadanos, pero alaveses, guipuzcoanos, navarros y vizcaínos lo siguieron haciendo a sus respectivas haciendas provinciales, salvo el paréntesis franquista en lo que se refiere a Guipúzcoa y Vizcaya, tras el castigo del dictador a aquellas dos provincias, que fueron tildadas de traidoras en la Guerra Civil.

Eso es lo que hay. Una situación derivada de los derechos históricos forales, reconocidos en la Constitución de 1978. Es decir, tales circunstancias son sobrevenidas y la nación española se encontró con ellas. 

Otra cosa es la interpretación que de las mismos se da. Tanto el Concierto como el Convenio suponen una negociación basada en cuánto aportan esos territorios al Estado por las competencias no transferidas, fundamentalmente Defensa y Exteriores. Desde la creación de tales instrumentos económicos, el fuerismo ha dado una interpretación bilateral de tales negociaciones, al entender que ambas partes disfrutan de un estatus paritario; es decir, una consideración igualitaria del Estado y provincia particular. Pese a que haya historiadores y juristas que lo nieguen, en el caso navarro, la ley de 1841, denominada significativamente paccionada, ha tenido tradicionalmente dicha lectura, alentada por todo tipo de regímenes, incluido el franquismo, que entusiásticamente secundó tal interpretación, dentro de su retórica de halagar a una provincia que contribuyó decisivamente a su triunfo en la última contienda fratricida. En el caso vasco es aún más discutible, ya que en el primer concierto, el de 1878, no hubo ningún reconocimiento a tal bilateralidad, pero de hecho el Estado español la fue admitiendo a lo largo del final de aquel siglo y durante todo el siguiente, en el caso alavés, y con el mencionado paréntesis franquista, en el guipuzcoano y  vizcaíno.

Ese es uno de los rasgos que más destaca Urkullu en su artículo, lo que en la práctica se traduce en un sistema confederal con España, en el que el lehendakari aprovecha para dar un paso más e intitular a Euskadi como una de las dos partes, cuando en puridad foral lo serían cada una de las provincias vascas. Tal pretensión ha sido definida como la Nación Foral Vasca, alentada precisamente por el propio Urkullu.

En lo que no caben dudas, a mi entender, es en el aviso del lehendakari, cuando califica el Concierto como el “punto de soldadura” entre España y el País Vasco.  Aquí no caben incertidumbres: la hipótesis de abolir el Concierto a la luz del debate sobre financiación existente, se saldaría con un aumento sustancial del independentismo vasco. Hoy, por hoy, el Concierto es lo que suelda ese territorio con España. Probablemente, lo único.

Sería insensato, por tanto, ponerlo en cuestión. La reforma de la financiación no debe incurrir en vestir un santo para desvestir a otro. España no debe hacer las cosas tan mal como para verse obligada a elegir entre Euskadi y Cataluña. En el siglo XVII, tuvo que hacerlo trágicamente entre Portugal y Cataluña, con el resultado conocido: la pérdida de Portugal, un reino que se había expansionado por todo el mundo, anunciando la globalización futura y logrando réditos cuantiosos a través del comercio. 

España tiene graves desigualdades territoriales, algo que padecen también otros muchos estados, como el ejemplo italiano atestigua. En nuestro país, tan solo hay dos comunidades que por riqueza y población pueden paliar tal hecho. Las dos sufren de una clara descapitalización debido a que sufragan las carencias de otras regiones. Son Madrid y Cataluñas. Por eso, la propuesta de Urkullu, en su escrito, de generalizar el Concierto y otorgárselo a Cataluña, supondría en ls práctica que solo quedaría Madrid para combatir las desigualdades existentes en España. Tamaña empresa quedaría muy por encima de la capacidad de Madrid y se traduciría en una quiebra de España.

Pero, tal constatación, que juega en contra de otorgar el Concierto a Cataluña, no debe llevarnos a adoptar la postura contraria en aras de la igualdad, consistente en abolirlo para las provincias forales, porque ello fundiría el punto de soldadura con el País Vasco, peligro que los planes de algunos pueden concretar. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Peliaguda decisión

La decisión que tome el juez Pablo Llanera respecto al futuro inmediato de los ocho exconsejeros del gobierno de la Generalitat que dirigió el proceso soberanista y los dos exresponsables de las asociaciones que han implementado en la calle las decisiones independentistas, será una de las más relevantes que adopte el más alto tribunal de justicia español. 

El magistrado Llanera debe decidir si continúan en prisión o les deja libres bajo una fianza. El juez ha comunicado a sus abogados que la resolución será comunicada el lunes, otorgándose así un fin de semana para reflexionar. 

Sin duda que no será una decisión fácil. El juez debe  ponderar el acatamiento por parte de los inculpados del articulo 155 y entrever los matices de su abjuración de la vía unilateral independentista. Cuestión peliaguda, a la que no conviene apresuramientos. Por ello, la decisión de aplazar al lunes el fallo debe ser aplaudida. Desde que el Tribunal Supremo asumió este caso de rebelión, se ha caracterizado por la mesura. Es lo propio de un Estado de derecho.