jueves, 11 de enero de 2018

Reflexión constitucional

El llamamiento a la reflexión de los tres padres de la Constitución supervivientes, ante las reiteradas peticiones de reforma de la carta magna de 1978, deberían no caer en saco roto. Sobre todo aquellas tendentes a agotar las posibilidades de la misma, antes de iniciar aventuras cuyo desenlace puede ser desconocido.

José Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero de Miñón y Miquel Roca apuntaron ayer en su comparecencia ante el Congreso la promulgación de una nueva ley de financiación de las comunidades autónoma y la conversión del Senado en una verdadera cámara territorial. 

Sin duda y así fue reconocido por ellos mismos, que la concepción de la Cámara Alta en el texto constitucional fue deficiente. Hoy en día es una institución con escasas atribuciones, más allá de ser una cámara de segunda lectura. Potenciar su dimensión territorial debe ser el camino a seguir, en el sentido de que la mayoría de los senadores sean elegidos regionalmente y no provincialmente como ahora es. La inclusión de la Conferencia de Presidentes en su estructura también sería aconsejable.

Y por último, otra cuestión relevante que se puede hacer sin modificar la Constitución: la reforma de la ley electoral que data de 1977 y que presenta sesgos no todo lo democráticos que debieran. Me refiero a la sobrerrepresentación rural, que perjudica a los ciudadanos de las grandes ciudades. En las últimas elecciones catalanas hemos asistido a una nueva demostración de esta perversión democrática que crea escaños sin votantes.

miércoles, 10 de enero de 2018

El gran funambulista empieza a ver la realidad

Artur Mas dejó ayer la presidencia del PDCAT, la antigua Convèrgencia Democràtica de Catalunya.

La relevancia del hecho, está fuera de toda duda. El fue quien lideró el paso de Convèrgencia de un partido institucional que en los últimos cuarenta años fue uno de los actores políticos más trascendentales de España a ser una de las formaciones del proceso independentista catalán.

Hace cinco años, su partido presidía la Generalitat, dirigía las cuatro diputaciones catalanas y regía innumerables ayuntamientos. Hoy en día es una formación residual, cuyo mayor activo es un dirigente fugado, llamado Carles Puigdemont.

Ese es el legado de quien iba a ser, si no el líder de la república catalana, al menos el Moisés del independentismo. Y todo por querer ver que había agua en la piscina, cuando eran él y otros miembros de la oligarquía catalana los que rellenaban el embalse.

El gran funanbulista se baja de la cuerda y empieza a constatar la realidad.

lunes, 8 de enero de 2018

Perversidad

SIempre que aparecen horribles casos como el del asesino de Diana Quer, los medios de comunicación terminan cayendo en el tópico y preguntándose si tal indeseable sujeto no será en verdad un enfermo mental.

Parece que la sociedad contemporánea necesita expurgar sus miserias, buscando una salida moral a tanta iniquidad. Por ello, José Enrique Abuín debe ser un loco, porque una persona cuerda no puede cometer esas atrocidades. Igual mecanismo se emplea con los nazis, pese a que hubo millones de ellos, encantados con cargar a reventar los trenes de la muerte con destino a Auschwitz y otros tantos campos de exterminio.

El ser humano actual no acepta lo evidente: la perversidad que pueden alcanzar los miembros de nuestra especie.

sábado, 6 de enero de 2018

El juicio ha comenzado

La Sala de Apelaciones del Tribunal Supremo decidió mantener en prisión a Oriol Junqueras. La noticia con ser importante, no era la más relevante. Los medios de comunicación empiezan ahora, con un cierto retraso, a comprender la trascendencia de lo acordado por los jueces del alto tribunal.

Porque lo que ha hecho el Supremo es iniciar el juicio contra los dirigentes independentistas catalanes. De hecho, el auto dictado por los tres magistrados no solo confirma las decisiones del juez Pablo Llarena, referente a la situación procesal de los investigados, sino que entra en el contenido de los delitos de los que se les acusa. Es decir, no solo analiza las formas, sino el contenido.

Los magistrados consideran que existen indicios de que los inculpados cometieron los delitos de rebelión, sedición y malversación, lo que supondrá, si así quedan acreditados, altas condenas de cárcel para Puigdemont, Junqueras y el resto. Respecto al más grave de todos ello, el de rebelión, al que se considera que debe conllevar violencia, los magistrados del más alto tribunal, cuya principal misión es sentar la jurisprudencia del Estado de derecho, asumen que los inculpados incurrieron en ella. 

Así, entienden que el gobierno catalán indujo a ella en aras de alcanzar su objetivo independentista, porque las movilizaciones populares que incitó dieron lugar a comportamientos violentos. Los jueces consideran que había una alta probabilidad de que esas concentraciones acabaran en enfrentamientos. Los inculpados habrían incitado al tumulto ante la evidente finalidad de impedir la aplicación de las leyes por la fuerza. Se saltaron, en suma, el Estado de derecho, haciéndolo desde el ejercicio del poder, lo que explica que no necesitaran utilizar en ese momento la violencia, sino esperando la reacción del propio Estado de derecho.

Así de claro es el Tribunal Supremo, sentando la jurisprudencia sobre el grave delito de rebelión. Un tribunal que de hecho ya ha iniciado el juicio en el que los inculpados afrontan altas penas de cárcel. 

viernes, 5 de enero de 2018

Lamentable espectáculo

Es lamentable el espectáculo que los dos principales partidos independentistas catalanes están dando respecto a cual de sus líderes debe ser el próximo presidente de la Generalitat. Incluso, tiene ribetes cómicos. Aunque, en cualquier caso muy alejados de la épica necesaria para un proceso soberanista.

La decisión del Tribunal Supremo de no excarcelar a Oriol Junqueras supone un evidente balón de oxígeno para Carles Puigdemont, el expresidente huido a Bélgica, quien de todas maneras sigue teniendo difícil renovar su cargo sin regresar a España. El problema para quien fue alcalde de Girona es que eso supondría su ingreso en prisión.

En las próximas semanas sabremos quien será el nuevo presidente, una vez que el PDCAT y ERC dejen de clavarse puñales. El más llamativo se produjo ayer en la vista del Supremo sobre el futuro inmediato de Junqueras. En las inmediaciones se congregaron como es habitual un centenar de independentistas en solidaridad con el exvicepresidente de la Generalitat. Pero, entre ellos, por primera vez, no había nadie del  PDCAT, del partido que apoya a Puigdemont. Tamaña miseria moral tampoco respeta la épica nacionalista que debe acompañar el nacimiento de una nación.

La pregunta es si tales cuchilladas, que evidencian que el independentismo ha deparado en una lucha de meros protagonismos, harán mella en las bases soberanistas, necesitadas de la mencionada épica. Es decir, si después del espectáculo al que estamos asistiendo, habrá alguno de los dos millones de votantes que se desenganche.

Ya sabemos que los argumentos, frutos de la razón, no parecen suficientes para ello, pero otra cosa son las emociones: alguno puede sentir mermadas sus sensaciones sin épica, comprobando que se trata en realidad de una pelea barriobajera por la poltrona. Recuerden que ningún populismo puede sobrevivir sin emociones, pero también que vivimos una época en la que las luces desgraciadamente se apagaron. 

miércoles, 3 de enero de 2018

Dominio perpetuo

La inversión pública en Educación en España cayó de 2009 a 2015 a la mitad, presentando todavía unos niveles inferiores en un 12% a los de principios del actual milenio. Esos son los datos objetivos aportados por un estudio del BBVA.

Tales hechos confirman el atraso de España en una materia, la educativa, tan crucial para el desarrollo e indican la forma en la que las oligarquías mantienen su dominio, transmitiéndolo a sus vástagos, que no sienten la presión de sus conciudadanos más preparados, porque pocos de ellos consiguen un correcto funcionamiento del ascensor social. Un método de dominio social perpetuo, solo salvable con más gasto para la Educación, y que, mientras no se ponga remedio, facilita a los mediocres de siempre mantenerse por falta de competencia en los niveles más altos.

¿Y la izquierda? Como siempre perdida en sus laberintos, especialmente el identitario, en vez de ocuparse de lo esencial, de la única manera de hacer posible la Revolución: mediante la Educación.

martes, 2 de enero de 2018

El PSOE y la cuestión territorial

El PSOE tiene una tendencia a pisar charcos, especialmente con el tema territorial. Durante la campaña electoral catalana guardó silencio, ante la evidencia de que el independentismo había resucitado al nacionalismo español. Los dirigentes socialistas tomaron nota de la profusión de banderas bicolores en los balcones de las ciudades, admitiendo que la enseña nacida en Cádiz había salido del armario, y no plantearon durante esos días ninguna cuestión que pudiera incomodar al nacionalismo español. Ni siquiera en unos comicios propicios para ello, como mal entendió el PSC que ocurría con su electorado, pinchando en las urnas.

El PSOE parecía regresar a la primera época de Pedro Sánchez al frente de la secretaría general del partido, cuando no tenía rubor en sacar la bandera española en los mítines. Sánchez, miembro de una nueva generación, cerraba el círculo de desencuentros con la bicolor. Sin embargo, su traumática expulsión del poder y su reconquista del mismo mediante la asunción de postulados de Podemos volvieron a replantear el tema, sobre el que no han querido incidir en los últimos meses, marcados por la cuestión catalana.

Pero ha sido pasar una semana desde los comicios y ya están los dirigentes socialistas volviendo a mancharse de lodo. Esta vez ha sido el secretario de organización, José Luis Ábalos, quien ha propuesto una especie de nación de naciones a la carta. De tal manera, que cada comunidad autónoma se defina como quiera en su respectivo estatuto de autonomía, sin que ello conlleve que así sea reconocido por la Constitución.

La propuesta, aunque tiene la ventaja de excluir de la Carta Magna tales calificativos, supondría en la práctica una carrera de todas las regiones hacia la consideración de nación, lo que inevitablemente traería problemas, porque no dejaría satisfechos a muchos y menos en comunidades con identidades exclusivas donde molesta que se les equipare al común de las entidades territoriales peninsulares, creadas por la Constitución de 1978, ese texto tan criticado, en muchas ocasiones irreflexivamente, pero como todos susceptible de mejora.

Conviene recordar que el concepto de nación de naciones, asumido por el PSOE en su último Congreso a propuesta de un sanchismo triunfante, no exento de revanchismo, fue obra de un socialista exiliado durante la dictadura franquista, de Anselmo Carretero, quien consideraba nación a su Castilla natal. Una Castilla a la que hacía el paradigma de la libertad, recordando las gestas de los Comuneros frente al poder despótico de Carlos V. Tal lectura de aquella revuelta, que alimenta en la actualidad a grupúsculos independentistas en esa tierra, no deja de ser historiográficamente forzada, en la medida en que supone un despropósito considerar a aquellos nobles que se levantaron contra su rey en el siglo XVI como un ejemplo de lucha por las libertades.

La propensión socialista a enfangarse con las cuestiones identitarias tiene una explicación en su Historia. El PSOE, partido con 138 años de antigüedad, ha sido incapaz de sustraerse a la cuestión nacional que desde el Romanticismo condiciona al ser contemporáneo. Como otros planteamientos ideológicos, ha pretendido aprovecharse de ello, apostando por filias y fobias, aunque en numerosas ocasiones ha salido mal parado.

El PSOE fue genuinamente un partido internacionalista, al entender, en consonancia con su lucha social, que todos los proletarios no tienen otra patria que la mundial y que su pugna era contra las burguesías nacionales. Tan pronto como en 1873, los socialistas criticaron el federalismo al entender este como un movimiento pequeño burgués que pretendía debilitar el potencial revolucionario del proletariado. Especialmente activos en esta denuncia fueron los socialistas madrileños, mientras que los catalanes, nacidos del republicanismo federal, abogaban por fórmulas que tuvieran en cuenta los planteamientos territoriales, acusando que el debate identitario había ya hecho mella más allá del Ebro, al albur de los presupuestos planteados por la Primera República, instaurada aquel mismo año. Salvo en aquel momento concreto, el PSOE mantuvo su ortodoxia en los años siguientes. Así, el internacionalismo socialista fue muy crítico con el nacionalismo español, especialmente en la Guerra de Cuba y en las aventuras colonialistas en Marruecos. El PSOE denunció el alistamiento de los hijos de los proletarios en aquellas contiendas, que satisfacían los intereses particulares burgueses, criticando a un Estado que les imponía una contribución de sangre, escamoteándoles a la vez sus derechos sociales y el pleno ejercicio de sus libertades individuales.  

Pero, la fortaleza del nacionalismo español, pese a la crisis del 98, hará que los dirigentes socialistas reordenen su planteamiento internacionalista, haciéndolo compatible con un nacionalismo español, eso sí ajeno al burgués. Pablo Iglesias, el fundador del partido, clarificó a principios del siglo XX la visión del PSOE respecto a la nación española, denunciando que la burguesía se apropiara de ella. En sus discursos, incidió en el hecho de que los intereses de los proletarios están en España, asumiendo de ese modo la cosmovisión del nacionalismo liberal-progresista español, que por entonces contaba ya con un siglo de desarrollo, paralelo a la construcción estatal de España. “Hay mas intereses obreros que burgueses y, por consiguiente, no podemos desear que la Nación se deshaga”, dirá. Y se preguntará: “¿Por qué no hemos de amar a nuestro país si están aquí nuestros intereses? 
 
Las interferencias identitarias sobre el planteamiento internacionalista continuará en los años siguientes, una época, la de las primeras décadas del novecientos, en las que la lógica nacionalista se enseñoreó de Europa, precipitando al viejo continente en tremendas guerras. En el congreso socialista de 1918, el PSOE asumió parcialmente una propuesta de su militancia catalana, que era parte del ideario republicano, a favor de una confederación de nacionalidades, aunque se negó a estructurarse mediante federaciones de partidos territoriales. La conjunción republicano-socialista era ya un hecho que pretendía desbordar a la Monarquía, convirtiéndose el apoyo a una autonomía catalana como parte de esa estrategia. Destacó ahí Julián Besteiro, quien en sus discursos parlamentarios buscaba la equidistancia frente a la pugna de la derecha catalana contra la española. Pese a ello, los postulados de Besteiro fueron derrotados en el Congreso Extraordinario de 1919, al entender los militantes socialistas que contribuir a acentuar los sentimientos regionalistas dificultaba el internacionalismo de la lucha obrera.

De la dictadura de Primo de Rivera, el PSOE salió convencido de que tenía que dejar de ser un actor marginal en la Historia. Y cuando comprendió que para eso debía de resolver sus controversias ideológicas, advirtió su precariedad. Mientras que Fernando de los Ríos entendía que el federalismo era una cosa del pasado e Indalecio Prieto imbricaba como nadie socialismo y progresismo en la estela abierta por Pablo Iglesias, Luis Araquistáin defendía un Estado regional, bajo la terminología de federal. La llegada de la Segunda República en 1931, cuyos más longevos militantes recordaban el experimento federal de cincuenta y ocho años antes, facilitará esta última lectura y Cataluña contará por primera vez con un estatuto de autonomía.

La Guerra Civil y la represión franquista conllevará una total deslegitimación del nacionalismo español por parte de la izquierda. Fruto de ello, es que en la Transición Democrática, el PSOE asumiese plenamente el federalismo, incluido el derecho de autodeterminación de los pueblos. Estratégicamente, los socialistas entendían que solo así podrían ser la fuerza hegemónica de la izquierda, mediante la confirmación de su implantación en Cataluña y País Vasco, como paso previo a lograr el poder democráticamente en toda España, como hicieron en 1982. Ya desde la Moncloa, el PSOE diseñó la España de las autonomías, que con sus fallos ha sido la fórmula territorial más exitosa de todas con las que ha contado España.

La Guerra Civil y la represión franquista conllevará una total deslegitimación del nacionalismo español por parte de la izquierda. Fruto de ello, es que en la Transición Democrática, el PSOE asumiese plenamente el federalismo, incluido el derecho de autodeterminación de los pueblos. Estratégicamente, los socialistas entendían que solo así podrían ser la fuerza hegemónica de la izquierda, mediante la confirmación de su implantación en Cataluña y País Vasco, como paso previo a lograr el poder democráticamente en toda España, como hicieron en 1982. Ya desde la Moncloa, el PSOE diseñó la España de las autonomías, que con sus fallos ha sido la fórmula territorial más exitosa de todas con las que ha contado España.

El problema para el PSOE actual es pretender mimetizar ahora aquella estrategia, porque las cosas han cambiado. El desafío de la oligarquía catalana ha puesto de relieve las sombras del Estado Autonómico construido y, sobre todo, ha revitalizado el nacionalismo español, sobre el que las nuevas generaciones no sienten un rechazo visceral, como lo tuvieron las anteriores reprimidas por el franquismo. El ejemplo de Ciudadanos, creciente en sus apoyos, es evidente, mientras que el despeñamiento de las opciones presidenciables del nuevo Pablo Iglesias, incapaz de leer el referéndum vivido en los balcones, debería hacer reflexionar al PSOE, cuya capacidad de mantenerse como fuerza hegemónica de la izquierda pasa por aceptar el nacionalismo español, sin por ello traicionar su origen internacionalista.

Al menos hasta que el ser humano se haga mayor de edad y supere el largo sarampión de la identidad nacional capaz de condicionar su existencia, algo que, visto lo visto, queda aún muy lejos en el tiempo.