lunes, 2 de noviembre de 2026

Sánchez, fin de un mandato

Las encuestas aparecidas tras la tragedia de Urda confirman que Pedro Sánchez no está en condiciones de poder remontar el resultado electoral a cuatro semanas de la cita del   29 de noviembre. Ni siquiera tratándose de un político que ha hecho de la resistencia su manual de supervivencia.


Para ello, no han sido suficientes los casos de corrupción que han afectado a su entorno familiar, gubernamental y del partido socialista, incluidos altos dirigentes y miembros de sus más infames cloacas. Tampoco la condena a todo un Fiscal General del Estado. Ni la presunción contra su compañero, inspirador y antecesor en el poder, Rodríguez Zapatero, cuya burda defensa pasará al recuerdo bajo el título de las joyas de la autoinculpación.


No. El bajón en los últimos sondeos se debe a la nefasta gestión gubernamental, en este caso de las infraestructuras ferroviarias. Sánchez había elaborado una estrategia electoral basada en las emociones, presentándose como el candidato del amor. Pese a que algunos viejos militantes izquierdistas, cuya esencia ideológica deriva de la Ilustración, habrán visto con sonrojo tal estrategia populista, el hecho es que le funcionó a Pedro Sánchez, recuperando opciones tras el mal arranque de la campaña del PP y sus titubeos con la vivienda y las pensiones. Hasta el punto de que el PSOE parecía acariciar convertirse en el primer partido en votos. 


Todo eso se ha difuminado ante el terrible accidente de Urda y las críticas racionales sobre la pésima gestión de Oscar Puente, el político que se había presentado como el sucesor de Pedro Sánchez en 2030 tras su hipotética renovación como presidente del Gobierno. El suelo que ahora las encuestas muestran al PSOE deja a su candidatura en un ramplón centenar de escaños en el Congreso de los Diputados. Pero, lejos aún de los históricos 85 diputados que sacó Sanchez en la repetición electoral de 2016.


Eso demuestra la existencia de un sólido, aunque minoritario, apoyo a Pedro Sánchez con el que peleará a buen seguro por la vuelta al poder dentro de cuatro años. Un electorado tan fiel que ni la corrupción ni la mala gestión le hace variar sus preferencias. Como tampoco le afectó la transmutación de oponerse a la amnistía a Puigdemont, a facilitar la vuelta del expresidente de la Generalitat y de otros independentistas, incluidos la exoneración de los más radicales y violentos de ellos, los famosos CDRs. Tampoco le han pasado factura las sólidas relaciones con formaciones como Bildu, al que ha sido capaz de contentar a la vez que al PNV; eso sí, mediante concesiones partidistas que han cimentado su fama de condicionar todo a su propio interés.


Toda esa fidelidad puede explicarse por la polarización social que ha propiciado el propio Pedro Sánchez en los ocho años de su mandato, secundado en esa pésima labor por Santiago Abascal y otros dirigentes políticos, dejando erosionado el Estado de Derecho. Porque ese es el principal mal que aqueja a nuestra democracia y al que conviene poner remedio cuanto antes.