lunes, 25 de mayo de 2026

Periodismo ideológico

Uno de los síntomas de la polarización política de nuestra sociedad es el desarrollo hasta extremos preocupantes del periodismo ideológico; es decir, la política no solo coloniza las instituciones, sino que también lo hace con el Periodismo, redundando en la fractura social que está alcanzando cotas preocupantes. Y en concreto, más que la Política en abstracto, lo hacen los principales partidos políticos existentes en España.


De entrada, para ser honestos, es preciso señalar que siempre ha existido un periodismo ideológico, al menos desde el siglo XIX, cuando las sociedades europeas luchaban violentamente entre el liberalismo y el tradicionalismo. En España fue así y también durante el siglo XX, cuando se enfrentaron el fascismo y el socialismo. Con menos violencia, aunque también la hubo, se dio en la transición democrática. Entonces, había una justificación, que residía principalmente en que el Periodismo debía contribuir a la consecución de la democracia y desde los últimos años del franquismo asistimos a una abundante politización de los profesionales del periodismo que contribuyo primero a la deslegitimación del régimen imperante y su transformación después en otro democrático.  Esta reflexión nos debe llevar a preguntarnos si puede existir un periodismo sin ideología, aunque convendrán conmigo en que esta debe limitarse a los grandes principios que desde el final del novecientos han prevalecido: la libertad y la democracia, precisamente los que en este siglo XXI están siendo cuestionados.


Aquí en España, a partir de la transición democrática, que garantizó esos dos principios, el periodismo ideológico se atemperó y empezamos a contar, tal vez por primera vez en la Historia del Periodismo español, con medios de comunicación, donde se valoraba el trabajo profesional del periodista con independencia de su respetable posición ideológica. Hubo también, otros medios, donde el activismo ideológico de los periodistas siguió encontrando acomodo, cuando no era impulsado.


No pretendo entrar en nombres, ni de los periodistas, ni de los medios. Tan solo quiero dejar constancia que en las últimas décadas, sin ser probablemente mayoritario, pero especialmente creciente desde el 15M, hace añora quince años, hay profesionales que han dado rienda suelta a su posición ideológica, siempre respetable, al entender que ese activismo político beneficia a la sociedad en la que vivimos. Igualmente, ocurrió con los medios de comunicación, en los que sus posicionamientos ideológicos eran marcados con mayor o menor intensidad por sus respectivos consejos de administración, entendiendo que era lícita su intervención en la sociedad.


Vuelvo a insistir en que esto último era y es considerado como consustancial al Periodismo, al considerar que este debe transformar las sociedades conforme a la construcciones ideológicas. Por lo que desde la aparición del Periodismo ideológico, coetáneo a la Edad Contemporánea, hemos asistido a una práctica profesional donde la ideología mantiene un peso relevante, en detrimento de otro periodismo posible en el que se apueste con carácter exclusivo en la relevancia de los hechos y la salvaguardia editorial de los principios que solidifican y no destruyen la colectividad social. 


Sin embargo, a lo que estamos asistiendo en los dos últimos años nos ha llevado a la antítesis de ese periodismo de hechos. Y en las últimos meses y semanas estamos llegando al paroxismo. Es verdad que algunos de los que practican ese periodismo ideológico sin límites no son profesionales, pero su labor en los medios los asimila. Y más al servicio de los partidos, que de la propia política. 


Ahora, un mero auto judicial se ha convertido en lo propio y en lo contrario, polarizando y fraccionando a la sociedad mediante una práctica periodística fuertemente ideologizada. Necesitamos de profesionales periodistas que se limiten a contar los hechos y circunscriban la ideología a los consensos mayoritarios de democracia y libertad. 

lunes, 18 de mayo de 2026

Retroalimentación

La victoria electoral del Partido Popular en Andalucía ha quedado en segundo plano ante los dos verdaderos triunfadores de tales comicios: Pedro Sánchez y Santiago Abascal. Los dos, ademas, se retroalimentan por lo que se confirma que el año que queda antes de las próximas elecciones generales vamos a asistir a un mutuo desafío descalificador de las posiciones de ambos que aumentará aún más la crispación política e incrementará la social. La polarización de nuestra sociedad, pues, encontrará terreno fértil para cabalgar a rienda suelta, haciendo posible un escenario temible de fractura social que tiene mucho de generacional.


Pedro Sánchez, consciente de su apoyo entre el electorado más mayor, aquel que guarda la memoria del luctuoso pasado español, intensificará su estrategia de deslegitimación de toda la derecha, incluido un PP que necesita de Vox para forzar el cambio. Las certeras acusaciones de fascismo contra la formación de Abascal no terminan en Vox porque contaminan al PP por su obligado seguidismo de este. Es en suma el argumento ideal para que Pedro Sánchez se fortifique en la Moncloa y opte por retrasar las próximas elecciones hasta julio próximo, agotando completamente la legislatura, donde el PP ha sido el partido mayoritario, pero sin poder convertir ese caudal de votos en poder gubernamental a nivel nacional. La estrategia del presidente del Gobierno pasa por destacar la dependencia del PP respecto a Vox, confirmada de nuevo en los comicios andaluces, lo que hasta ahora ha limitado a un Alberto Núñez Feijóo incapaz de deshacer ese estigma y convertir en rentable el dicho de hacer de la necesidad virtud.


Santiago Abascal, que cuenta con el viento a favor demográfico, tiene por delante un año para afilar sus acusaciones contra la izquierda que representa Sánchez que necesitado de unos socios soberanistas mantendrá su agenda plurinacional de España, que presenta en estos días su siguiente hito con ERC, la Hacienda catalana y los presupuestos de la Generalitat, jalones por lo que se ha incinerado a lo bonzo María Jesús Montero, arrastrando al PSOE andaluz a sus peores resultados territoriales. Una construcción de una España plurinacional -un paso más allá del actual Estado Autonómico- contestada por un considerable sector nacional español que también está representado en esas autonomías gobernadas por dirigentes  deseosos de romper los lazos con el Estado actual ya de por sí descentralizado. Es preciso recordar que Vox ni siquiera acepta el Estado Autonómico por lo que acelerará sus críticas contra los que califica de rojos separatistas, máxime teniendo una considerable base de afiliados que no creen en absoluto en la democracia, sobre todo entre su población más joven.


Malos augurios, pues. Fascistas contra rojos separatistas, y viceversa. Y en medio, la mayoría de los ciudadanos de un Estado desorientado, que ven peligrar el objetivo progreso alcanzado en cuatro décadas de democracia con graves problemas que el ruido polarizado impide afrontar como la escasez de vivienda, el mantenimiento de las pensiones, una sanidad con dificultades de conservar sus estándares amenazados y una educación en clarísimo retroceso. Eso sin contar con el mundo exterior, donde los señores de la guerra cabalgan al galope, empobreciéndonos a todos.