viernes, 18 de mayo de 2018

Discriminación

No. No les voy a hablar de la casa de Pablo Iglesias e Irene Montero. No, porque me alegro mucho de que hayan alcanzado un estado de bienestar económico tal que puedan optar a una residencia con piscina y todo. Estupendo. No hay mejor ejemplo de promoción social, gracias a los cuarenta años de democracia y Estado de bienestar que nos ha dado el denostado, por ellos, Régimen del 78. Tan solo le preguntaría a Iglesias y Montero si pretenderán que sus hijos hereden su propiedad o se muestran partidarios como buenos marxistas de nivelar la sociedad, negando las prebendas de cuna.

No, no les voy a hablar de ello. Me voy a centrar en algo más sórdido y significativo de la miseria moral humana. Lo cuenta hoy El País. Es un reportaje sobre el rechazo a la emigración en México. Los mexicanos discriminan a los que cruzan su frontera sur, a los guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, etc. El reportaje cuenta el caso de un migrante  que fue golpeado y robado por los autóctonos, amenazándole de muerte por entrar en su territorio.  ¿Y como descubrieron que no era mexicano, siendo todos ellos igualmente centroamericanos? Pues, por la pronunciación.

La lengua como instrumento discriminatorio es un hecho tan antiguo como la propia Humanidad. Las diferencias dialectales y, con el tiempo, idiomáticas han servido para marcar territorio. Incluso, probablemente se hayan potenciado con esa finalidad. La de diferenciar entre nosotros y ellos. 

El egoísmo por asegurar los escasos recursos existentes está en la base de ello. Eso ideológicamente se llama nacionalismo. Yo prefiero llamarlo miseria humana, mucho más grave que ser incoherente.

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