El debate sobre el independentismo catalán gira en estos días en torno a la consideración generalizada de que la designación de un supremacista racista como nuevo presidente de la Generalitat resta credibilidad al soberanismo y en esa medida habría supuesto un flaco favor a los que pretenden separar Cataluña de España.
Sin duda, que las opiniones conocidas de Quim Torra habrá llevado a algunos de los entregados a la causa independentista a que recapaciten y adviertan de los peligros del nacionalismo. Pero, no creo que sean muchos.
No, porque uno de los logros del proceso soberanista ha sido convencer a propios y extraños que se trataba de la revolución de la sonrisa, una independencia no solo fácil, sino nada traumática, incluso cómoda. Tal relato se ha instalado de una manera omnímoda en la conciencia de muchos soberanistas e incluso en otros que desde este lado del Ebro observan con sorpresa lo que pasa en Cataluña.
Es cierto, que ahora, gracias a las torpezas de Torra, algunos empezarán a darse cuenta de la verdadera dimensión -incluso trágica- que conlleva la ruptura, pero, no nos engañemos, la mayoría de los independentistas no repararán en que sus sólidas convicciones se asientan en el racismo, exactamente igual que cualquier otro nacionalismo, aunque se edulcoren con palabras como cultural o lingüístico. A fin de cuentas, el presidente de la Generalitat ha verbalizado una mera obviedad.
Por todo ello, no creo que el pensamiento de Torra haga fluctuar el nivel de apoyo del soberanismo en su detrimento, favoreciendo al constitucionalismo. Se tratará de mínimos trasvases. Otra cosa es que en otros foros, sus palabras hayan horrorizado. Me refiero a la Unión Europea, donde sufrieron hace ochenta años una devastadora guerra provocada por los nacionalismos; es decir, por el racismo.
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