La decisión de investir como candidato a presidente de la Generalitat a Quim Torra por parte de Carles Puigdemont recuerda el sistema electoral que durante décadas se perpetuó en el México del siglo XXI para designar al siguiente presidente de la República. El México de aquella época fue, además de un Estado fallido, un régimen revolucionario, dominado por una única formación política, el Partido Revolucionario Institucional, en un intento de cuadrar el círculo, como el oxímoron de su nombre revela.
Aquella República, elegía a su siguiente mandatario, mediante un sistema que recibió el nombre de dedazo, expresión muy gráfica que indicaba que el antecesor en el poder elegía a su sucesor sin ninguna cortapisa de nadie más. La República catalana, entidad aspirada mediante la sistemática infracción de la legalidad y por tanto revolucionaria, se ha inspirado en un precedente significativo: el México del novecientos, que revela meridianamente la condición de demócratas de sus impulsores y el régimen distópico que están empeñados en imponer no solo a sus fieles seguidores, sino también al resto de catalanes, que en ese momento dejarán de ser ciudadanos, convirtiéndose en súbditos, a la espera del dedazo de aquel investido por Dios.
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