lunes, 28 de mayo de 2018

¿Religión o nacionalismo?

El referéndum en Irlanda a favor del aborto ha sido celebrado como un nuevo éxito en la lucha feminista y como un retroceso del catolicismo en aquella República, que desde su independencia del Reino Unido hizo de su diferenciación religiosa con la exmetrópoli su razón de ser. 

Con ser cierto lo planteado, no agota toda la explicación que merece el hecho y que se echa en falta en los análisis aparecidos en la prensa. Tal ampliación incide en la última parte de la descripción mencionada, aquella que hace referencia al nacionalismo irlandés frente al británico. Por tanto, sin negar que se trata de una cuestión religiosa, también lo es nacionalista, en una muestra de las ideologías como sustitutorias hoy en día de las creencias religiosas.

La explicación lo ofrece poco más allá del límite de la República de Irlanda, en aquella parte de la isla que Reino Unido retuvo tras la independencia, en el Ulster. La información aparece en El Mundo, gracias al periodista Carlos Fresneda, quien recuerda que el Parlamento británico aprobó en 1967 una permisiva ley del aborto, que se convirtió en un referente para el futuro, pero que solo aplicó en Escocia, Gales e Inglaterra. No en Irlanda del Norte, que mantuvo su propia legislación, que solo permite la interrupción del embarazo por grave riesgo de la madre.

Cabría preguntarse el motivo de tal exclusión, pero en este aspecto el silencio es clamoroso en los medios de comunicación. Ante ello, aporto una explicación, que se centra en el hecho de que Irlanda del Norte vive una pugna secular entre dos comunidades, una irlandesa y otra de origen escocés e inglés. La segunda comunidad es mayoritaria en cuanto al número de sus integrantes, pero con escasa distancia sobre la primera. Una diferencia que podría variar con unas políticas que favorecieran los nacimientos.

La comunidad mayoritaria es de credo o de cultura protestante, mientras que la minoritaria es católica. Pero ambas, coinciden en que no habían planteado variar su restrictiva legislación sobre el aborto, lo que demuestra que más que una cuestión religiosa, en la que cabría identificar rigor antiabortista con catolicismo, se trata de un asunto nacionalista, ya que también el protestantismo estaría conforme con un planteamiento estricto al respecto.  No es, pues, una coerción de base religiosa, salvo que entendiéramos una común oposición cristiana al aborto, que en el caso protestante solo se haría curiosamente visible en Irlanda del Norte y no en el resto del Reino Unido.

No, más bien se trata de una coacción ideológica, que ha reemplazado al credo religioso, evidenciando que la Humanidad coetánea ha consolidado nuevos sistemas de sujeción social. Así, ambas comunidades entienden, o, mejor, las elites que las dirigen, que las decisiones personales deben someterse a los intereses comunitarios y que el número de integrantes será decisivo en un marco democrático sobre el futuro de ese pedazo de tierra, asolado hasta hace bien poco por la violencia, llamado Irlanda del Norte. 


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